EL BALNEARIO

El balneario pinta bien. El viaje es largo y no resulta barato, pero dicen que merece la pena.

Claro, que los tratamientos no le sientan igual a todo el mundo. Mi vecino Telesforo, que tiene dinero, ha contratado todo el paquete completo y ha salido hecho una rosa, con un montón de admiradores. Y eso que los años no pasan en balde. No obstante, cuando sale de viaje a las Américas, a ver a los hijos, la salen todos los achaques y le toca volver al balneario. El inglés del traje verde, en cambio, que también es muy mayor, como se lee todas las mañanas el decálogo del balneario y sigue todos los consejos, está como un roble.

Hay algunos jovencitos que también van, y que les sienta de maravilla. Véase el agricultor ese que vende ordenadores, cómo está el tío y la admiración que despierta. Igual consiguen allí la inmortalidad y siempre en plenitud, como los dioses griegos. Alguno es más como Dorian Gray, y siempre hay algún zascandil en el balneario que, husmeando por ahí, acaba encontrando el retrato y se lo enseña a todo el mundo. Me acuerdo ahora de Enrique, el americano, que anda ya criando malvas.

Dicen que lo que pasa es que luego la gente se relaja. Salen del balneario estupendos, estirados, suavecitos, en plena forma y con la tensión en su justo punto. Y se relajan. Total por un día sin ir al gimnasio, total por una canita al aire, total por hacerle un favor a alguien… y total, total, otra vez al balneario. Y seguro que cuando vuelven se creen que ya se lo saben todo, que si el baño de lodo, que si el masaje con chocolate, que si el pediluvio, que si la dieta… sí, sí, la dieta, que un segundo en la boca luego supone toda la vida en las caderas. Pero todo sea por la salud.

¿quién se anima a venir al balneario?

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